El Duelo

Por:

Uno debe morir con orgullo
cuando ya no es posible vivir con orgullo
Friedrich Nietzsche

Cuando un ser querido muere se queda en sus deudos un vacío indecible, un desasosiego que inquieta, una tristeza que inunda. Racionalizar es un mecanismo de defensa que ayuda a lidiar con la pérdida cada día, a ser funcional y resolver la vida que no se para.  

Cada persona procesa sus duelos de manera distinta, algunos hacia afuera lloran, se lamentan, realizan rituales, hablan, cuestionan el hecho, se rebelan ante él. Otros más se guardan, se contienen, se apartan. Hay quienes trabajan sin parar, hacen como que nada pasara, escriben, viajan, guardan silencio. Hay incluso quien queda paralizado. Cada uno tiene sus razones, sus recursos, sus necesidades y su manera de asimilar la pérdida. Ninguna es mejor que la otra, son solo formas.

Lo cierto es que cuando llega la muerte a nuestras vidas trae consigo una revolución emocional que nos cimbra, nos desajusta y nos obliga a detenernos a mirarla y a cuestionar nuestra propia existencia. El reto es no arrinconar el sentimiento porque con ello se puede perder la oportunidad de reflexionar sobre la huella que deja esa ausencia, su significado y el aprendizaje en nuestra vida.

Pero el dolor por perder a alguien también ofrece una oportunidad luminosa, y es reconocer que quien se va ha hecho lo que era importante para su vida. Cuando de alguna manera su ciclo fue completado, cuando se vierte frente a sí la satisfacción de ver que la vida que se apaga estuvo llena de sueños cumplidos y que quienes nos quedamos tuvimos la fortuna de haberlos tenido el tiempo que estuvieron con nosotros.

Otra cosa por supuesto es cuando la partida es intempestiva, cuando no hay aviso ni tiempo de despedidas, cuando la vida que se apaga aún tiene pendientes por cumplir, sueños por concretar, ciclos por vivir. Ahí los consuelos no llegan, la aceptación no se concreta, el dolor hierve dentro sin asomo de alivio.

Pero aún en casos así el duelo aunque difícil, se vive con un remanso más lento. Como si nuestra vida se empezara a desarrollar en otro círculo concéntrico más grande, pero siempre alrededor del dolor en el centro.  No se supera del todo el duelo ni se deja atrás realmente, sino que se aprende a que forme parte de la vida.

La mitad del duelo no es por lo que pasó, sino por las cosas que van a pasar en la vida de las que esa persona ya no va a formar parte, es quedarnos en un estado de nostalgia permanente, la esperanza es que con el tiempo se aprenda a lidiar con él o al menos en parte…
 

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